A 25bolos un viaje en el tiempo

Las noches en San Cristóbal con escaso dinero, y sin lugar donde entretenerse, te dejan pocas opciones. En la eterna búsqueda de un local económico e interesante, recuerdo la primera vez que fui a donde Otilia, por allá en el 2013. Solo entre rumores y cotilleos conocía el mítico lugar: Es regresar en el tiempo, el perfecto lugar para conversar, es solo para viejos y la cerveza es muy barata (aspecto muy resaltante), son algunos de los comentarios que había escuchado. Distraído y un poco renuente acepté la invitación de amigos, que me exclamaban: ¡Cómo es posible que no hayas ido a donde Otilia! Durante el recorrido nocturno por la Avenida Carabobo, mis expectativas crecían con anécdotas que no compartía:Otilia es todo un personaje, decían; mientras estacionábamos en el lugar por donde muchas veces había pasado sin que llamara mi atención.

Ahí estaba frente al bar de Otilia, con una fachada nada resaltante, resulta una casa cualquiera para el ojo poco observador, con paredes azul y negro. Tocamos, esperando que nos abrieran. Con un click las puertas se abrieron y entramos. Es un golpe tanto visual como auditivo el lugar, realmente fue una regresión. Con un ambiente clásico rememora la década de los 50, mi visión casi se vuelve sepia cuando pasé al lado de la barra donde hombres con mirada perdida y cerveza en mano ahogaban sus penas. Detrás de la barra, una torre de botellas polvorientas y registradoras viejas que se adaptarían perfectas a un museo, objetos añejos que decoran la espalda de un hombre viejo y jorobado, mientras pausadamente sirve los pedidos de los clientes.

Al fondo del lugar la música cobró vida, entre rancheras y boleros que sentí familiares, pues son canciones que mis padres adoran escuchar, veo las mesas y cada una posee un color particular: rojo, verde, naranja y amarillo. Nos sentamos en la verde, al fondo, y uno de mis compañeros, haciendo señas, llama a Hugo para pedirle cuatro cervezas. Mientras llega con nuestro pedido, trato de ver con más detalles los objetos encantados, antiguos y con historia, las paredes forradas por un mosaico de color mostaza y azul oscuro, simétrico, con una textura áspera y un poco descolorido. Acaba la canción en larockola, sí hay una rockola, ¿no lo había acaso comentado? Con luces azules y moradas que brillan de forma intermitente se escucha cómo el casete es puesto en reproducción, mientras las personas se acercan y con confianza escogen las canciones que quieren escuchar.

Esperamos la cerveza entre temas variados. El lugar trasmite un sentimiento hogareño, de confianza. Pausadamente, se acerca Hugo con su joroba, y de forma muy talentosa carga cuatro cervezas en su mano izquierda. Es un hombre viejo y arrugado, con una expresión un poco amargada, deja las cervezas en la mesa y vuelve a la barra donde, en ese preciso instante, se posan todas las miradas, y se escucha en susurros: ahí estásalió y miren, ¡Otilia!; esta mujer que sale fantasmalmente, rodeada por un aura de humo, aparece imponente, maquillada en todo su rostro, con un copete, grandes sarcillos y un vestido de escarcha, se pone detrás de la barra y sirve una cerveza a un hombre que acaba de llegar y de inmediato busca consejo en su anfitriona. Muchas son las historias que rodean a la dueña del bar. Trabajadora sexual en su juventud, ahora es ícono de una ciudad que trata con esfuerzo de conservar su identidad.

Al verla es atrapante su presencia. Serena, sirve los tragos a todos los recién llegados, clientes que la saludan con cariño, como si la conocieran de toda la vida, incluso unos le piden la bendición a lo que ella atenta responde Dios me lo bendiga. Surge de ahí la anécdota que ahora entiendo es habitual (aunque eso no le quita lo sorprendente), donde se habla de la maternidad de Otilia y del hecho asombroso de que su hijo Hugo sea 30 años mayor que ella (o al menos lo parece), y así me va invadiendo el confort que se refleja en los rostros de los demás comensales. Asumo que una combinación del ambiente y la cerveza que pasa por mi garganta, me lleva incluso a poner El último beso en la rockola, única canción que reconozco por título, de toda la selección.

Y así, luego de dos agradables horas, nos retiramos con solo 150 Bs. menos en mi bolsillo y con una grata impresión, el bar de Otilia es un lugar detenido en el tiempo, evocador de nostalgia, refugio para sus clientes, quienes bajo su brazo cuentan sus pesares y alegrías, como si de una madre se tratase, escucha atenta.

Con un click, el seguro de la puerta se abre y salimos a la calle y a la realidad de la ciudad. La vida vuelve a ser tumultuosa y estamos de nuevo en el 2013, volteo y veo el bar antes de partir y un cartel que revela su verdadero nombre: El jarrón de Baviera. Esto me demuestra que Donde Otilia es un lugar lleno de sorpresas.

Daniel Moreno
Entusiasta de las artes visuales, sin muchas definiciones en concreto, caminante sin rumbo pero con metas claras

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2 comentarios:

  1. WOW es hermosa, pase varias veces a Otilia, pero no la conocí, tengo entendido que es un poco complicado conseguir su retrato. Gracias por compartir, ahora si la conozco.

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  2. Lo bonito es que cada ciudad tiene su Otilia. Ese lugar que describes arriba

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